Por Michael F. Bird.

A los calvinistas les gusta mantenerse aferrados a una forma de monergismo por la cual Dios solo trabaja la salvación en el individuo, mientras que esos “horribles” arminianos y católicos supuestamente enseñan un sinergismo de las voluntades divinas y humanas. El problema es que cualquier sistema de teología, incluyendo el calvinismo, que reconozca una tensión entre la soberanía divina y la responsabilidad humana va a entretener alguna forma de sinergismo.

A menos que los seres humanos no sean nada más que marionetas, siempre va a haber el trabajo objetivo de Dios con la respuesta subjetiva de la humanidad a la obra divina.

En el esquema Reformado la voluntad humana es liberada y la fe es activada por la obra regeneradora del Espíritu. Dios toma la iniciativa, es totalmente soberano, sus propósitos están asegurados, pero yo no lo llamaría mongergismo en el sentido literal. A decir verdad, el único verdadero monergismo es el universalismo ya que Dios solo hace todo por la salvación, no hay respuesta, ni siquiera se requiere fe, y simplemente no hay tensión sobre la soberanía divina y la responsabilidad humana en el esquema universalista.

Entendido así, los universalistas son los verdaderos “calminianos”, un híbrido descendiente calvinista-arminiano, al combinar la visión calvinista de la eficacia del poder salvador de Dios con la visión arminiana del alcance universal de la salvación de Dios. El amor de Dios es universal y su poder es ilimitado; Lo que Dios desea debe efectivamente llegar a pasar. Si su deseo es que todas las personas sean salvas, entonces todas las personas deben ser salvas.

Sin embargo, esta es una visión ictérica de la salvación. Dios produce los medios de salvación (la cruz y la tumba vacía) y también induce la respuesta prescrita (fe y arrepentimiento). Dios determina el fin de la salvación y también los medios. La gloria de Dios se manifiesta en la satisfacción de su justicia, el ejercicio de su gracia, la protección de su santidad y la efusión de su amor.

Dios da a cada uno como se merece, aunque a algunos, por razones inefables y misteriosas para nosotros, se propone mostrar misericordia otorgando el don de la fe. Yo añadiría que la oferta universal del evangelio no requiere una salvación universal.

Ireneo creía que la encarnación estaba destinada a unir a la humanidad al Logos para que pudieran recibir la adopción. Pero también creía en un castigo eterno para los impíos que no aceptaron el evangelio. Así que hay una dimensión objetiva para la salvación, pero necesita una apropiación subjetiva. [1] La comunión de Dios con la creación sólo transpirará una vez que se haya purificado del pecado y del mal que la ha enredado, y son los creyentes los que se aferran al Logos a través del Espíritu, que entrará en ese mundo.

Envolviendo este tema, parte de mí quisiera ser un universalista (creo), pero el testimonio de la escritura y el testimonio de la amplia tradición cristiana sugiere que no es una opción teológica legítima.

La gimnasia exegética utilizada para justificar el universalismo no alcanzará un alto nivel ante un panel de exegetas. Howard Marshall concluye acertadamente:

“La principal debilidad en la visión universalista es que al intentar explicar los pocos textos que usan para referirse a la salvación de todos los pueblos, esta ofrece una reinterpretación poco convincente de los textos sobre el juicio y la ira de Dios y postular una acción salvífica no probada acerca de Dios en el futuro … El Nuevo Testamento no enseña ni sugiere la salvación universal. Este enseña la realidad de un juicio final sobre el impenitente y tristemente afirma que algunos se perderán. Es por eso que hay tal urgencia de proclamar el evangelio a todo el mundo ” [2].

Estoy de acuerdo, la pasión por la misión inevitablemente se evaporará en el esquema universalista. Si todo el mundo es salvo, ya sea que lo sepa o no, ¿realmente importa si lo hacemos o no?

Pero hay otro problema para el universalismo relativo a la justicia. ¿Será que el Pol Pot y el Billy Graham, el Adolf Hitler y el William Wilberforce de la historia mundial, compartirán en el paraíso de Dios con sólo una detención temporal para los malvados? ¿Acaso la profundidad de depravación perpetrada contra otros seres humanos y contra la infinita santidad de Dios no justifica un castigo proporcional? Si los mártires por la fe reciben el mismo destino que los que los asesinaron, ¿hay algún punto en sufrir por la fe, y los mártires realmente reciben una recompensa que es diferente de lo que reciben sus asesinos?

¿No responderá Dios a su oración y vengará su sangre? (Ap 6:10). Al final, tengo que estar de acuerdo con Dale C. Allison que reflexiona:

“No sé qué le sucedió a la Madre Teresa de Calcuta cuando murió, ni a lo que le ha pasado a Joseph Stalin. Pero la misma cosa no puede haberle llegado a ambos. Si hay alguna rima moral o razón en el universo, todos los seres humanos no pueden estar igualmente bien tan pronto como respiren por última vez y despierte nuevamente.” [3]

Aunque el cielo sea la voluntad de Dios, una eternidad sin Dios es la voluntad natural de la humanidad caída. Pues creo que muchos en el último día, aunque se arrepientan de su pecado y de la herencia que este les ha traído, seguirán aborreciendo a su Juez, mostrarán desprecio por el Salvador y preferirán reinar en el infierno que servir en el cielo.

Es más, añadiría que ese anuncio de juicio es algo que es parte del mensaje del evangelio (Romanos 2:16, Hechos 17:31) y que el juicio es parcialmente merecido por no creer el evangelio mismo (Romanos 10: 16-18). 2 Tes 1,8; 1 Pedro 4:17).

Para el universalista, este juicio es efectivamente neutralizado, negado o restringido por su esquema. Recordemos que el evangelio es noticia acerca de la destrucción y la salvación, es invitación y advertencia, se refiere a personas perdidas y encontradas, es tanto regalo como demanda. La negación de una separación final entre Dios y los malvados rompe el corazón mismo de la salvación que ofrece el evangelio.

Porque si no somos salvos del juicio de Dios, ¿de qué somos salvos? Para el universalista lo mejor que él o ella puede decir es que al creer en Jesús se evita un desafortunado pero totalmente temporal estado purgatorio que limpia a una persona antes de entrar en el paraíso. Para el universalista el evangelio es una noticia de salvación para todos, no una invitación para que los perdidos sean salvos. Para el universalista la buena noticia es tan buena que no necesita ser anunciada puesto que Jesucristo y la fe en él no son, nunca fueron y nunca serán los medios necesarios para la salvación.

Pero este no es el evangelio que hemos recibido en la iglesia. La condenación resultante de la caída de Adán sólo puede ser deshecha por la condenación del pecado en la carne del Hijo de Dios, de modo que los hijos e hijas de Adán, por medio de la fe en el Logos, logren la reconciliación con su Creador.

También puedo señalar las palabras de la Serpiente en el Huerto del Edén que le dijo a Eva que si ella comiera del árbol del conocimiento, “De seguro no morirás” (Gen 3:4). El evangelio era requerido porque la primera doctrina negada por cualquiera fue la doctrina del juicio. Si la negación del juicio facilitó la caída y requirió el evangelio, si el evangelio salva a los creyentes del juicio de Dios contra su pecado, entonces negar el juicio no puede ser otra cosa que negar la historia del evangelio. Lo que el universalismo ofrece es un espejismo, lo que el evangelio ofrece es esperanza.

[1] Contra las herejías 1.10.1; 3.19.1; 4.37.1.

[2] Marshall, “Salvación Universal”, 73-74.

[3] Dale C. Allison, “El problema de Gehenna”, en Resurrecting Jesus (Londres: T & T Clark, 2005), 99.

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